viernes, 5 de agosto de 2011

LUCIAN FREUD






En este blog, sin haberlo pretendido en absoluto, parece existir una regla no escrita: para aparecer en él, el artista ha de estar “vivito y coleando”. Pero hoy tenemos nuestra segunda excepción, ya que la primera fue Hundertwasser: Lucian Freud. Lamentablemente falleció hace un par de semanas, concretamente el 20 de julio, y como tenía en mente dedicarle un post mientras vivía, con muchísima más razón merece ahora este homenaje.



Este artista conocido por su extraordinaria maestría en la representación de las figuras humanas, precisas y realistas, era, un inglés nacido en Berlín en 1922, de familia austríaca. Nieto de Sigmund Freud (fundador del psicoanálisis), emigró a Inglaterra con su familia en 1933, cuando tenía once años, huyendo del nazismo y de la llegada de Hitler al poder. Estudió arte en distintos lugares de Inglaterra. Desde la década de los 50 se han llevado a cabo numerosas exposiciones de su obra por todo el mundo. A pesar de que llegó a Inglaterra muy pronto y siempre vivió en Londres, su pintura parece haber ido revelando progresivamente su naturaleza esencialmente germánica y vienesa (es evidente que tiene un enorme parecido con la obra de Schiele).




Lucian se inició en el surrealismo en su juventud, con composiciones un tanto neorrománticas con personas y plantas yuxtapuestas y se convirtió tras la Segunda Guerra Mundial en uno de los principales representantes de la pintura figurativa inglesa contemporánea. Esta primera obra está realizada con pintura muy fina, con un realismo muy detallado y a partir de los años 50 empezó a realizar retratos, muy a menudo desnudos, sin nada más, utilizando la técnica del impasto, con colores neutros. También fue un gran grabador, utilizando especialmente la técnica del aguafuerte.


Entre sus últimas pinturas, caracterizadas por una pincelada más expresiva y un mayor contraste de color, destacan una serie de retratos de su madre de gran carga psicológica que suelen describirse como las más importantes representantes de la escuela neofigurativa inglesa. Freud fue uno de las artistas más significativos de su generación, y ha desempeñado un papel vital en la continuación de la tradición figurativa en la pintura británica del siglo XX. Sus obras se caracterizan por la penetración psicológica que hace el artista de sus modelos. Especializado en retratos, muestra a sus personajes bajo una luz potente, con todo lujo de detalles y un realismo extremo, revelando un riguroso examen de la relación entre el artista y sus modelos. Sus cuadros suelen excluir la expresión de sentimientos y los personajes representados aparecen con una carnalidad muy perceptible en el caso de los desnudos. Es, sin duda, el pintor de la carne. Su lienzo “Benefits Supervisor Sleeping”, que mostraba a una mujer obesa recostada en un sofá, se subastó por 33,6 millones de dólares.









Para Freud sus desnudos no eran simplemente cuadros en los que el retratado posaba sin ropa, sino obras que revelaban la verdadera identidad de esa persona, tanto a nivel físico como psicológico. Se tomaba meses para elaborar cada uno de sus cuadros, que pintaba durante pesadas sesiones de 3 o 4 horas que tenían lugar varias veces a la semana. Al pasar tanto tiempo frente sus modelos, que generalmente eran amigos o familiares, Freud tenía la ocasión de verles experimentar un gran número de emociones, y esto se ve reflejado en su obra. Muchos de sus retratados coinciden en la opinión de que los cuadros forman parte de ellos no como una mera representación física, sino que son una reflexión sobre un momento concreto de sus vidas.




Hasta mediados de los ‘80, Lucian Freud fue un virtual desconocido por el gran público artístico. Es difícil encontrar en la historia de la pintura contemporánea un ascenso tan perfecto a las cumbres como el suyo. Su reconocimiento internacional comenzó en la Bienal de Venecia de 1954, cuando el Reino Unido presentó a tres jóvenes artistas destinados a sacudir el paisaje de la pintura de la segunda mitad del siglo XX: dos de ellos venían precedidos de cierta fama (Francis Bacon y Ben Nicholson); el restante era Lucian Freud. Freud fue un gran amigo del pintor expresionista figurativo Francis Bacon, desde 1959 y hasta su muerte en 1992. Fue a partir de una muestra en la colección Hirshhorn de Washington, en 1987 (cuando ya Freud contaba con 65 años) que la figura del pintor adquiere la dimensión que merecía desde hacía tiempo. A partir de ese momento, Freud gana los principales espacios a nivel de comunicación y se vuelve un objeto de culto. Es entonces cuando se comienza a investigar en las etapas anteriores de su carrera, y diferentes galerías en el mundo organizan retrospectivas. Muchos famosos “requirieron” los servicios del gran pintor, desde la reina Isabel hasta la modelo Kate Moss.


Francis Bacon


Los temas de Freud son personas y sus vidas cotidianas: amigos, familiares, amantes, niños… A veces retrata a personas con sus mascotas. Su pasión por los caballos le llevó a pintar los ejemplares de la escuela en Darlington, donde, además de montarlos, incluso dormía en los establos. En contadas ocasiones acepta encargos. Lucian Freud dijo que pintaba a hombres y mujeres no por lo que parecían –o a pesar de lo que parecían–, sino por lo que eran. Y los desnudaba. Se ha dicho a menudo que, mientras su abuelo Sigmund Freud deshollinaba la mente, él trataba de que el cuerpo hablara.





Entre 1999 y 2000, la corona inglesa contactó con el pintor para que este le realizara un retrato a la reina Isabel II. Freud accedió y se realizó una sesión de fotografías para el artista tuviera la referencia visual del rostro de la reina. El resultado es un retrato de pequeño formato donde el rostro de Su Majestad queda estampado con el descarnado realismo de mostrar las facciones tal como las vieron sus ojos. El cuadro causó controversia al mostrarla tan envejecida o más de lo que es. La prensa británica publicó críticas contrapuestas contra él, por ejemplo The Sun dijo que parecía un travesti.




Parece lógico que no le gustara trabajar con modelos profesionales: "De tanto ser mirados les ha salido una segunda piel", aseguraba. El filósofo Adolfo Vasquez Rocca escribe que retratar una figura como Kate Moss representaba un doble desafío para el artista: "No dejarse llevar por los cánones de belleza impuestos y penetrar esa segunda piel para intuir qué mujer hay detrás de ese cuerpo preparado para agradar". Hacia finales de 2002, la modelo Kate Moss, quien se encontraba en los meses iniciales de su embarazo, quiso posar desnuda para la mirada de Lucian Freud. La joven modelo le cayó muy simpática al viejo artista, aunque se enojaba cuando Moss llegaba a su estudio más tarde de lo que había prometido. El cuadro resultante, pintado en un rara perspectiva diagonal se remató en 34 milones de libras esterlinas en la casa Christie’s de Londres. De nuevo la Moss convertida en musa contemporánea…



Pintor de producción no demasiado extensa y sumamente cotizado ahora, cuenta con apenas cinco ejemplos en España: cuatro en el Museo Thyssen-Bornemisza de Madrid, ("Reflejo con dos niños, autorretrato", "Gran interior, Paddington", "Último retrato" y "Retrato del barón H.H. Thyssen-Bornemisza"), existe otro retrato del barón, de mayor formato, que al parecer lo heredó su hija Francesca.


Esta versión del desnudo tan directa y, valga la paradoja, descarnada, así como su independencia de juicio y de costumbres le valieron, en el siempre puritano mundo británico, una fama de alocado libertino, atravesándose con ello muchas veces la frontera del sensacionalismo barato. No hace muchos años, cuando Freud era ya un octogenario, causó malestar la exhibición pública de un autorretrato en el que él se mostraba de pie, pintando sobre un lienzo, mientras una joven desnuda se abrazaba a una de sus piernas. Tomar esta autorepresentación como un delirio exhibicionista, no solo es un error, sino que significa desconocer la historia de la pintura occidental, a la que este genial artista rindió un sagaz culto, plagando con citas inteligentes de grandes maestros del pasado muchos de sus mejores cuadros.



Depravado y anciano, dueño de sí mismo, un tonto semi-desnudo vistiendo apenas unos ridículos zapatos, así se pintó a sí mismo Lucian Freud, viejo y loco, asomandose desde ese horrible cuarto al oeste de Londres, en el cual vivió día tras día, década tras década, escrutando las paredes, la tenue luz que caía sobre los sujetos de sus cuadros, y los montones de trapos sucios que se utilizan para limpiar sus lienzos y pinceles. Él estaba en contacto con su mortalidad. La pintura que él utilizaba era un magnífico lodo, y a ésta la transformó en carne envejecida.



Estaba interesado en la presencia, y no sólo en la humana: el resplandor de una bombilla, las tablas del suelo, las patas de un perro, el cuello de un irlandés, la mirada solitaria de un bebé, el culo de un caballo, el lado desgastado de la alfombra o el aburrimiento afectado de Sue en el mencionado “Benefits Supervisor Sleeping". El lenguaje con el que describía a las personas y cosas, a los animales y a los amantes, a la atmósfera y la futilidad, es un escenario que intimida. Quizás se asemejaba más a su abuelo psicoanalista de lo que a él le hubiera gustado admitir...









2 comentarios:

  1. muy sensacional ver lo que el creo como artista y como ser me gusta muchooo la importancia que le damos eso es lo que faltaa actualmente saludos

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